¿Que Creemos?

QUÉ CREEMOS LOS CRISTIANOS METODISTAS

Hay una gran doctrina cristiana enseñada por JESUCRISTO que, fuera de toda duda, profesamos, y en la que creemos firmemente. Nuestra creencia religiosa se basa en la Palabra de Dios, que ha sido revelada, y que la conciencia iluminada del ser humano percibe y testifica. Esa creencia brota de la vida y carácter del Dios en quien creemos.

La prueba final de validez se encuentra en el crisol de la vida donde hombres y mujeres luchan, y tropiezan, y pecan, sólo para levantarse de nuevo y rendirse en los brazos de un Dios perdonador y siempre amoroso.

Los principales conglomerados de creyentes protestantes y evangélicos, comparten las verdades que nosotros sostenemos. Es un honor para los metodistas el hallarnos en la corriente central del pensamiento cristiano, en todas partes del mundo.

Esto no hace más que reforzar la validez de nuestra fe y poner en relieve cuán extensamente es aceptable nuestra confesión. Es propio, pues, que tratemos de expresar, en forma sucinta pero clara, los aspectos principales que constituyen lo que creemos los cristianos metodistas.

1. Creemos en Dios.

Dios es el Poder creador (Gén. 1:1) y sostenedor que obra en toda vida existente (Salmos 121), y por medio de ella.

Dios es una persona. Su personalidad trasciende nuestras limitadas personalidades humanas, pero estamos hechos a Su semejanza espiritual (Gén. 1:27). Dios conoce a cada uno de nosotros (Salmos 44:21; 139:1-12) y podemos tener con él una comunión personal y consciente.

Dios es amor. Dios ama a todas y cada una de sus criaturas y anhela la salvación y perfección de ellas. Dios no sólo nos da su Amor espontáneamente, sino que desea obtener nuestro amor como respuesta (1 Jn. 4:7-12.16).

No hay conflicto entre la justicia y la misericordia de Dios; ambas brotan de Su infinito amor por Sus hijos e hijas.

2. Creemos en Jesucristo.

Jesús es el Hijo de Dios, la divina y eterna Palabra hecha carne y morando entre los hombres (Jn. 1:14).

En Su vida sin pecado, Jesucristo reveló la naturaleza de Su Padre y Padre nuestro. Su infinita sabiduría es nuestra guía.

Su sacrificio en la cruz es nuestra redención. Su resurrección de entre los muertos es nuestra promesa de vida eterna.

Jesucristo vive hoy, invisible aunque siempre presente, y en aceptarlo como Salvador y Señor radica la esperanza de la humanidad para el presente y para el futuro.

3. Creemos en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la tercera manera en que Dios revela al ser humano Su actuar, Sus beneficios y Sus frutos en la vida de la Iglesia (Jn. 16:7; Luc. 11:13; Hech. 2: 1-4; Gál. 5:22-23).

Dios se manifiesta en el escenario de nuestra vida cotidiana, como el Señor y Dador de la vida: interpretando a nuestros corazones la voluntad divina, confortándonos en nuestros amargos momentos, despertando en nosotros el interés por lo eterno, estimulando nuestras almas al arrepentimiento por los pecados, testificando con nuestra vida que somos hijos de Dios.

La naturaleza del Espíritu Santo se halla a menudo más allá de los límites de nuestro conocimiento y comprensión, pero el hecho glorioso de Su presencia en nuestra mente y corazón, es la certidumbre central de nuestra experiencia cristiana.

4. Creemos en la Biblia.

Las Escrituras son el registro de la revelación progresiva que Dios hace de sí mismo por medio de personas inspiradas, y el relato de Su justo propósito en la historia, de conducir a la humanidad a la perfección final en Cristo.

La Biblia contiene todo lo que Dios requiere para la salvación, y es la regla suficiente tanto de la fe como de la conducta (2 Tim. 3:15-17).

La Biblia ha resistido todos los esfuerzos para destruirla; ha sobrevivido al estudio científico de sus páginas, y por su perdurable verdad ha confundido a sus críticos y se mantiene hoy más digna de crédito histórico, y más indispensable espiritualmente que nunca antes. Es la Palabra eterna de Dios a todas las generaciones.

5. Creemos en el ser humano.

Mantenemos, como algo central, la dignidad y lo sagrado de toda personalidad humana.

El hombre y la mujer están hechos a la imagen espiritual de Dios, y participan de Su carácter y comunión. El ser humano es mayor que el mundo por medio del cual Dios produce y sostiene Su vida.

Las Escrituras nos recuerdan que el ser humano es un pecador y que ha caído de la gloria de Dios. Sin embargo, por medio de la gracia, el ser humano puede levantarse por encima de su pecado y de las circunstancias que lo rodean. Su gloria estriba en su humanidad y no en su raza o su color.

Dotado de plena libertad de elección, puede descender al más bajo infierno, o elevarse a los más altos cielos. En él como persona, todo lo creado y los propósitos de Dios encuentran significación y valor.

6. Creemos en la salvación del pecado.

Esta experiencia viene por medio de la fe en Jesucristo como Salvador y Señor. Es un acto que implica arrepentimiento por los pecados pasados, y la aceptación de la misericordia y el perdón de Cristo.

La Salvación viene no por nuestros propios esfuerzos o por que alcancemos algún mérito. Es la dádiva libre de la gracia de Dios, que “muestra su amor por nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8).

Así pues, Dios quita nuestros pecados, restaura Su imagen en nuestro corazón, y nos concede un nuevo nacimiento, otra oportunidad, mediante al amor inmerecido de Su Hijo y Salvador nuestro, Jesucristo.

7. Creemos en la experiencia cristiana.

Es el privilegio de toda alma redimida saber que sus pecados han sido perdonados, y tener la seguridad, mediante el testimonio que el Espíritu Santo añade al de su espíritu, de que es Hijo de Dios (Rom. 8,16).

La razón, como la Ley, puede ser un medio que nos conducen a Cristo. Sin embargo, nuestra más profunda seguridad no es el resultado de la razón, sino del arrepentimiento y de la fe. Muchas veces nuestra fe, sin avergonzarse de ello, se halla impregnada de una intensa emoción. Pero nuestra seguridad no es el producto de la emoción, sino de la certeza radiante de un Cristo que mora en nosotros, cuya misericordia nos ha limpiado, cuyo amor nos ha salvado, y cuya presencia en nuestro corazón nos ha dado poder y victoria.

La fe es una experiencia de vida y no una mera experiencia emocional. Toda conversión, para ser auténtica, tiene que demostrarse en “santidad de vida”, tal como lo dice la Escritura (Rom. 6:22; 1 Tes. 3:13; 4:3.7; Heb. 12:14).

La experiencia del hombre integral, discerniendo el valor de las Escrituras, la tradición y la razón, mediante la acción vital del Espíritu Santo, viene a ser la autoridad final en cuanto a certidumbre religiosa.

8. Creemos en la perfección cristiana.

La gracia de Dios se manifiesta no solamente en el perdón de nuestros pecados. Es también redentora. El poder que opera en nosotros para hacernos perfectos en amor.

Nada que sea menos que la perfección, la semejanza a Cristo en pensamiento, palabra y hecho, puede dar la medida del amoroso propósito de Dios en cuanto a nosotros. Es fe nuestra, el que el cambio fundamental que se opera en el individuo por la regeneración, es un proceso dinámico, que por el crecimiento en la gracia, hace marchar hacia “el ser maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13).

Podemos apagar el Espíritu y caer de la Gracia, pero nuestro destino divino es el amor perfecto y la santidad en la presente vida.

9. Creemos en la Iglesia.

Esencialmente, la Iglesia no es una institución humana, sino una comunidad de los creyentes cuyo Señor es Jesucristo y en quienes El obra por su Santo Espíritu. Es la dádiva de Dios para la salvación del mundo, mediante la proclamación del Evangelio de las Buenas Nuevas a todo ser humano.

Afirma las demandas de Cristo como Palabra de Dios encarnada y su título a la soberanía sobre toda vida humana.

La Iglesia es universal en naturaleza, es mayor que cualquier grupo que pretenda representarla exclusivamente, y está sobre toda nación y cultura, en medio de la cual establezca su residencia. Perteneciendo a todas las edades, desafía el paso de los siglos, y abarca dentro del cuerpo visible e invisible de sus miembros, tanto a los vivos como a los muertos.

Aunque compuesta de elementos así humanos como divinos, su naturaleza no mengua por las fragilidades de los pecadores perdonados que son sus miembros. La Iglesia es el cuerpo de Cristo (1Cor. 12:27), el instrumento de Su activo poder, y el vínculo de comunión entre todos los que lo aceptan como su Señor.

10. Creemos en el reino de Dios.

El reino de Dios significa la soberanía plena de Dios en todo el quehacer de la sociedad humana. La escala divina de valores para todo individuo, grupo y nación. Así como la perfección cristiana es la meta en la vida individual, en la sociedad humana la meta es el reino de Dios.

Su creación es una tarea de cooperación y solidaridad en que participa tanto Dios como el hombre. La norma de una sociedad redimida es el pensamiento de Dios.

Se alcanza mediante la energía espiritual que imparte Su espíritu en los corazones humanos, pero su consumación final viene poco a poco mediante los esfuerzos unidos de Dios y el ser humano, que trabajan unidos en la lucha por crear un orden nuevo y divino y hacer que Su voluntad sea hecha en la tierra así como en el cielo. El reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder y acciones concretas de amor en favor de los más pobres y marginados de nuestra sociedad (1 Cor. 4:20; Mat. 25:31-46).

11. Creemos en el juicio divino.

Dios no es solamente el Creador, sino también Juez de toda la tierra. Todos, hombres y mujeres, y aún las naciones están delante de Su tribunal (Mat. 25: 31-46).

La ley moral y la ética cristiana juzgan tanto al pecador como al santo. Más allá de todas las leyes, costumbres y opiniones humanas, está una ley divina que se mantiene absoluta e inmutable.

El ser humano puede quebrantarse así mismo y sus civilizaciones, cayendo contra esa Ley, pero la Ley misma permanece para siempre. Los juicios del Todo poderoso son verdaderos y perdurables.

12. Creemos en la Vida Eterna.

El hombre y la mujer, cuya existencia terrenal es tan breve e incierta, llevan, no obstante, la eternidad en su corazón, puesta ahí por el Creador. Las palabras de Jesús, y su Resurrección de entre los muertos, nos traen la seguridad de que para el cristiano la muerte será convertida en victoria (1 Cor. 15:54-55).

Dios es eterno, Jesús es el conquistador del sepulcro, y nosotros estando unidos con Él, compartimos su vida perdurable (Jn. 11:25).

La muerte es una puerta que conduce de un mundo natural a un mundo espiritual. Es una transición para entrar en el más profundo compañerismo de su más próxima presencia.

Esta declaración no es, en modo alguno, una tentativa de trazar una teología sistemática para los metodistas. No abarca el horizonte entero de las creencias cristianas que profesamos. Es solamente un esfuerzo por destacar, en términos breves y sencillos, las doctrinas centrales del pueblo llamado metodista. Nuestra teología no ha sido jamás un sistema doctrinal estrechamente organizado. Jamás se ha insistido en la uniformidad del pensamiento o de las definiciones.

Siempre se ha reservado a nuestros miembros la libertad para la investigación reverente. Nos sentimos orgullosos de nuestra herencia y hacemos hincapié en el famoso dicho de John Wesley: “En cuanto a opiniones que no lesionan la raíz del cristianismo, pensamos y dejamos pensar”.